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CRÍMENES SIN RESOLVER


Caso real: Elizabeth Short.”La Dalia negra”



“La Dalia Negra era una figura envidiable. La sensual presencia de la víctima, la sordidez de sus relaciones, el color de sus bragas, la grisura de su realidad y el sadismo de su ejecución provocaron una fascinación que aún persiste”.
La víctima se llamaba Elizabeth Short la cual era mesera y aspirante a estrella de Hollywood, nació el 29 de julio de 1924 tenía 22 cuando murió. Elizabeth era una mujer muy hermosa. Blanquísima, tenía un cuerpo escultural, unos enormes ojos verdes y un cabello ensortijado de color azabache. Su cabello, así como su costumbre de usar siempre vestidos negros y provocativa ropa interior oscura, le valieron el sobrenombre con el cual pasaría a la historia: la Dalia Negra (The Black Dahlia), haciéndose eco de una película famosa por entonces, La Dalia Azul. Y, sin saberlo, su muerte la convertiría en un apasionante personaje en los anales del crimen.
Su llegada a la Meca del Cine no fue como ella esperaba. Incapaz de conseguir algún papel, terminó relacionándose con varios personajes sórdidos. Encontró en el alcohol un refugio y pronto comenzó a prostituirse. Se reunía además con varias lesbianas, ya que era bisexual. Así la conoció Robert “Red” Manley, un joven pelirrojo recién casado que se convirtió en su confidente, amigo y amante.
Fue vista con vida por última vez la madrugada del 9 de enero en el Hotel Biltmore, donde estaba hospedada. Al salir, dijo que “iba a conocer a un caballero”. Se fue del hotel para nunca regresar. Sus últimos días de vida constituyen un misterio reconstruido fragmentariamente.

 

El asesino la capturó, la llevó a algún lugar apartado y allí comenzó a torturarla. Primero la amordazó y desnudó completamente; luego la amarró de las muñecas y los tobillos con una cuerda, y la colgó de cabeza, suspendida del techo. As…í colgada, la golpeó a puñetazos en repetidas ocasiones en todo el cuerpo. Después le quitó la mordaza y procedió a cortarle con un cuchillo los músculos risorios del rostro, para mantenerla sonriendo grotescamente mientras duraba el brutal martirio. El asesino se dedicó entonces a aplicarle cigarrillos encendidos en los pechos, tras lo cual seccionó un pezón. Le hizo además incisiones con una navaja en varias partes del cuerpo. Con el mismo instrumento, grabó en uno de sus muslos las letras mayúsculas “BD”, iniciales de “Black Dahlia” Le arrancó pedazos del muslo y se los introdujo en el ano y la vagina. El examen de su estómago indicaba que la obligó a comer excremento. Finalmente, la partió en dos a nivel de la cintura. Su tormento duró varios días y todo el tiempo estuvo consciente. Su cadáver fue hallado el 15 de enero en el distrito de Crenshaw, al lado de la carretera, por un niño y su madre.
Este crimen nunca encontró culpable hasta esta fecha.

Asesino:

-Su cree que el asesino fue un médico, porque solo alguien que sabe mucho sobre medicina puede hacer un corte tan exacto.
- A pocos días, se encontraron el bolso y los zapatos negros de la joven. El 24, un sobre con letras recortadas de distintos periódicos llegó a la redacción del Examiner con las pruebas prometidas: el acta de nacimiento de Elizabeth Short, su tarjeta de seguridad social, una identificación, varias fotografías personales, y notas recortadas de un periódico sobre la muerte del Mayor Gordon, uno de sus prometidos.
-También se incluía una agenda de direcciones con una hoja arrancada; la policía especuló que en esa hoja debía estar el nombre del asesino, a quien probablemente la Dalia Negra conocía muy bien.
- Llegaron dos cartas más: una donde daba más detalles del crimen y firmaba como “El Vengador de la Dalia Negra”, y otra donde decía: “el asesinato de la Dalia Negra está justificado”. Fue la última comunicación.
-A finales del siglo XX, un policía de Los Ángeles acusó a su padre, el médico George Hodel, de ser el asesino de Beth Short. Se basaba en el hallazgo de un álbum de su padre, que contenía fotografías que mostraban a Short desnuda; en la experiencia médica de Hodel, quien sabía perfectamente cómo dividir un cuerpo a la mitad; y en la fascinación de Hodel por el surrealismo y la fotografía. Hodel era amigo del artista Man Ray, y el cadáver de la Dalia Negra guardaba similitudes con la obra “El Minotauro”. Para el hijo de Hodel, su padre había convertido el asesinato en una retorcida expresión artística. Décadas después, el novelista James Elroy escribiría una notable obra sobre el caso, Brian de Palma adaptaría el crimen para rodar una película deficiente y el rockero Marilyn Manson pintaría un par de retratos de Beth Short.
- Igual que Jack el Destripador, el “Vengador de la Dalia Negra” se convertiría en un ominoso fantasma siempre acechante en el imaginario criminalístico.

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La Autobiografía de Mark Twain

El escritor estadounidense, autor de novelas tales como: Las aventuras de Huckleberry Finn, Las aventuras de Tom Sawyer y, Un yanqui en la corte del Rey Arturo, fue en aquel entonces un enigmático caso de autocensura cuando terminó de redactar su autobiografía. Samuel Clemens (nombre real de Mark Twain) dejó instrucciones específicas en las que pedía que su autobiografía fuera publicada 100 años después de su muerte. La universidad de Berkeley en California, Estados Unidos, fue la encargada de resguardar este documento tan ansiado por historiadores y fanáticos del novelista norteamericano. Hasta hace un par de años, en el 2010, fue publicada su autobiografía; las razones, siguen siendo desconocidas. Muchos argumentan que se debe a que aborda temas religiosos y políticos de manera libre y arbitraria, otros argumentan que no quería ofender a amigos cercanos ni a sus familias ya que detalla información comprometedora. En general, esta es una autobiografía fascinante, relata sus experiencias como banquero, su vivencia en la guerra civil, la muerte dolorosa de cada uno de sus familiares, su encuentro con “Teddy” Roosevelt y cada aspecto de su infancia.


Otra historia

Los archivos de la masacre de Katyn

En 1940, cuando Polonia había sido invadida por la Alemania Nazi (oeste) y también por la Unión Soviética (este) se crearon campos para prisioneros políticos y de guerra, en los cuales se tenía a generales, oficiales e intelectuales polacos en ambos lados. En 1943, cuando Alemania traicionó el pacto que tenía con la Unión Soviética y procedió a invadir su territorio, se encontró a unos cuantos kilómetros de la ciudad soviética de Smolensk, un gran número de fosas comunes masivas. En cuanto se supo del incidente y Polonia reclamó la desaparición de al menos 20,000 polacos, Stalin fue muy bueno para decir “yo te lo juro que yo no fui” y negar cualquier responsabilidad de dicho crimen. Fue hasta la caída de la Unión Soviética cuando Boris Yeltsin, en 1992, admitió la culpabilidad de NKVD y el ejército soviético en la matanza de entre 15,000 y 22,000 polacos. Yeltsin desclasificó los documentos y una carta firmada por Stalin y otros miembros del politburó como Molotov, Kalinin y Voroshliov, en donde se ordenaba la matanza.




A lo largo de la historia de España han quedado algunos crímenes pendientes de resolver. Repasamos tres de lo más intrigantes.
La muerte de Francisco Pizarro

Siempre se ha sabido que Francisco Pizarro murió igual que vivió, espada en mano. Analfabeto y porquero en la juventud, su fuerte tesón le permitió conquistar uno de los mayores imperios que el mundo haya conocido: el Inca. Sin embargo, la codicia le enzarzó en luchas internas con algunos de sus antiguos compañeros de armas. Fueron los mismos que, según las crónicas, le emboscaron en su residencia peruana, asesinándolo en la noche del 26 de junio de 1541 "de una estocada en el cuello".
Y esa fue la versión oficial hasta 1984, año en el que un equipo de antropólogos forenses examinó sus restos, demostrando que Pizarro no había muerto de una única estocada, sino de hasta cuatro mortales de necesidad que llegaron a seccionarle varias vértebras y a partirle por la mitad la médula espinal. También el abdomen y algunas costillas mostraban signos de heridas de espada, así como las manos y los brazos del esqueleto.

Quedaba patente que Pizarro tuvo una muerte terrible y muy dolorosa, que pidió clemencia en algún momento de la lucha y que, por supuesto, no le abatió un único atacante. Es más, el análisis demostró que los asesinos mojaron sus espadas en la sangre de Pizarro, como muchos siglos atrás hicieran sus ejecutores con el cadáver de Julio César. Con aquel examen se esclarecieron muchos interrogantes, pero surgieron nuevas preguntas. Porque si las crónicas indican que los asaltantes fueron siete y que varios de ellos murieron en la refriega con los partidarios de Pizarro, antes de que éste diese la cara, entonces, ¿de dónde proceden las numerosas heridas visibles en su esqueleto? ¿No serían seguramente bastantes más que siete? Y en ese supuesto, ¿cuáles eran sus nombres?



El misterio Galíndez

El 12 de marzo de 1956 tenía lugar una de las desapariciones más misteriosas de la historia contemporánea de nuestro país. Ese día, el español Jesús de Galíndez -profesor de la Universidad de Columbia y delegado del PNV en el Gobierno Vasco del exilio- desapareció de su residencia en Nueva York (EE UU) sin dejar rastro.

El hecho quizá no hubiera tenido mayor trascendencia de no ser porque Galíndez trabajaba para la Federación de Sociedades y había ayudado con anterioridad a la CIA y al FBI en su lucha contra los nazis, primero, y contra el franquismo, después. De la investigación se encargó el FBI, que sin embargo jamás logró dar con el paradero de Galíndez, declarándole legalmente fallecido el 30 de agosto de 1963. Sin embargo, los investigadores dieron con una buena pista que les llevó hasta el entonces dictador de la República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo. Sabido era que Galíndez había residido durante unos años en ese país, donde ejerció como profesor de Derecho y como destacado activista contra la dictadura. De hecho, estaba a punto de publicar una tesis doctoral titulada La era de Trujillo: un estudio casuístico de dictadura hispanoamericana. En sus 700 páginas se denunciaba el régimen del dictador dominicano y, lo más desestabilizador, se ponía de manifiesto que su hijo Ramfis no era biológico.

Según el FBI, Trujillo ordenó su secuestro y posterior asesinato para que esta investigación no saliera a la luz. Sin embargo, los cientos de interrogatorios efectuados nunca pudieron demostrar con datos la participación directa del dictador.

Intrigas en el Palacio de Felipe II


Está claro que, como el de Pizarro, algunos episodios de nuestra historia deben ser revisados. Es el caso dela muerte de Juan de Escobedo, cuyo asesinato en la noche del 31 de marzo de 1578 comprometió al propio monarca Felipe II, envolviéndole en una maraña de intrigas palaciegas y secretos de alcoba.

Juan de Escobedo, secretario personal del entonces gobernador de los Países Bajos y hermanastro del rey, don Juan de Austria, fue asaltado hacia las 21.00 horas del mencionado día en la madrileña calle Mayor por seis individuos que le dieron muerte a cuchilladas. Pero, ¿por qué? Demostrado queda que Escobedo había sido nombrado secretario personal de don Juan de Austria, con la secreta misión de espiar sus movimientos. Sin embargo, lejos de seguir las indicaciones, Escobedo se convirtió en su principal defensor y, a partir de aquí, los historiadores ya no se ponen de acuerdo.

Para algunos, la muerte fue ordenada por el secretario personal del rey, Antonio Pérez, al descubrir Escobedo que éste se enriquecía robando a las arcas públicas. Para otros, lo que realmente averiguó es que Pérez era amante de Ana Mendoza y de la Cerda, la controvertida princesa de Éboli, a su vez también supuesta amante de FelipeII. Tanto en uno como en otro caso, lo descubierto comprometía seriamente el futuro político de Pérez. Y aún queda otra posibilidad: que la orden de ejecutarlo partiera del propio Felipe II. De hecho, en la época se habló de la existencia de varias cartas que reflejaban los planes de Escobedo y don Juan para invadir Inglaterra a espaldas del rey, con el deseo de formar un Estado propio.

Sea como fuere, tras su muerte nadie hizo nada por esclarecer el crimen. Fue Antonio Pérez quien cargó con todas las sospechas, teniendo que exiliarse a Francia para eludir una posible pena capital. Y ni siquiera así Felipe II se atrevió a denunciarle en público, ya que el antiguo secretario estaba en posesión de documentos comprometedores para la Corona española... y quizá de algún que otro secreto aún más oscuro.

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