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lunes, 23 de junio de 2014

Hablando con mi madre

 Contigo

Estoy sentada frente al mar, siempre frente al mar. Ese que en tantos momentos críticos de mi vida, me ha visto llorar, lamentarme de mis desgracias, y de mis alegrías. Me ha visto reír, llorar, abrazarle en sus brazos con forma de olas, y secarme bajo los rayos de sol. La paz que siento cuando escucho el oleaje, cuando sentada mirando al horizonte, es una sensación inexplicable,  por eso es tan importante el mar en mi vida. Es como una madre que nos abraza derramando el cariño desinteresadamente. Madre. Mi madre. ¡Cuántas cosas se quedan por decir! Sonrío.  Sonrío, porque siempre que voy a contarle al mar, estás a mi lado, te siento a mi lado y me vienen a la mente, recuerdos. Tantos años queriendo ser mayor, poniéndome tus tacones, tus vestidos, ese perfume que me envolvía toda a ti, queriendo o mejor dicho, intentando ser como tú. Mira por dónde, al fin esos deseos de ser mayor, se han cumplido sin remedio. Ya soy adulta. Y digo sin remedio, porque me hubiera marchado contigo, pero la vida por lo visto tenía otros planes para mí.
La extremada sensibilidad, esa que me caracteriza y me da a veces disgustos, te presienten.
Recuerdo como si todavía estuviera dentro de ti. Era precioso mamá, lo recuerdo con precisión. El olor de tu cuerpo me hacía moverme, patalear y hablar, hablar sin parar, ya sé, ya sé, que no me podías oír, pero yo a ti sí, aunque si te soy sincera, creo que en cierta manera si me oías, pues, acariciabas tu vientre cuando yo delicadamente y al mismo tiempo, acariciaba las paredes de tus entrañas. Sentía mías, tus alegrías y también tus tristezas. Recuerdo cuando comías, esa comida que tanto te gustaba, que te comías con ansia hasta terminarla y te quedabas con ganas de más, pues esa misma comida, la he heredado, las dos sabemos cuál es. También heredé alguna de tus manías, esas que me daban tanta rabia en aquel momento, también no todas, pero he heredado algunas de tus virtudes. Te enfrentaste a la vida de frente, sin miedo y afrontando sus consecuencias, pasaste muchas penas y tragos muy duros. Pero eras la mujer más fuerte que he conocido como, la vida se encargó de ello.
Tengo un tanto borroso, cuando me distes a luz, ya que por aquel entonces era una bebé, entonces, alguien cortó esa unión, ese vínculo que nos unía a las dos, lloré, vaya si lloré, pero después de darme aquella mujer una paliza para ello. Ese día, para ti, fue el más grande, la dicha, la felicidad y la alegría, se concentró en esencia, dentro de aquella habitación. Ahora aquí, junto a mi mar, caigo en la cuenta que el día que la muerte te arranco de mi lado, fue el peor de mi vida. Es curioso como la muerte se encarga de volver a cortar ese vínculo que al nacer cortan por primera vez. Me sentí en la más absoluta oscuridad, pequeña, abandona, con la sensación incrustada en mi ser de soledad, esa que provoca angustia de haber perdido a la persona más importante de la vida de un ser humano. La madre. Y ¿Quién cuestiona el amor tan grande que se le tiene a una madre, aun después de su muerte?
¡Nadie!
Ana Giner
                                               Continuará…