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miércoles, 12 de febrero de 2014

El médico 3ª y última parte





 
Avicena trató al príncipe y comprendió que, en buena medida, su dolencia no era otra cosa que la presión que sufría por parte de su dominante madre. Sayyeda y su hijo se odiaban cordialmente. Una vez que el galeno reforzó el  carácter del joven, la reina le ofreció la dirección del hospital de Raiy, que nada tenía que envidiar a los de Bagdad, la capital del Imperio abasí. 
En su interior se almacenaban los medicamentos, clasificados por orden utilitario, como el purgante ruibarbo; la nuez vómica, usada como estimulante; el bambú para curar la disentería; y el ámbar, que se prescribía para los tics faciales. Avicena se vio envuelto en el golpe de Estado que encabezó el príncipe con ayuda de los turcos contra su madre. Esta logró huir a las montañas y pidió ayuda a los kurdos, que sitiaron la ciudad. Pasó el invierno, llegó la primavera y la situación no cambió, por lo que Majd al-Dawla decidió salir de la ciudad a presentar batalla. Los kurdos tomaron la  iniciativa, y cuando parecía que el combate les era favorable aparecieron diez  elefantes turcos protegidos de corazas y armados con espolones. Se desplazaban con gran rapidez y lo barrían todo a su paso, pisoteando cadáveres y provocando el pánico entre las tropas kurdas, que finalmente huyeron en desbandada. Majd al-Dawla venció y Avicena, que había contemplado el horror de la batalla desde el carro donde había instalado su dispensario ambulante, decidió que lo mejor era cambiar de aires. En su nuevo peregrinaje por Persia, redactó el tercer libro del Canon de la medicina, escribió unas tablas astronómicas, un compendio de hechizos y talismanes y un tratado de alquimia. Por aquel entonces, un enviado de Shams al-Dawla, príncipe de Hamadán, le entregó una carta en la que este le pedía ayuda para tratarle una enfermedad. Avicena fue a verle y diagnosticó a  hams una úlcera de estómago que no habían detectado los médicos de la corte. Una vez recuperado, el príncipe nombró gran visir de Hamadán a Avicena, quien emprendió la redacción de otra de sus grandes obras, El libro de la curación. “Nuestra intención es reunir el fruto de las ciencias de los antiguos que hemos podido verificar, ciencias basadas en una  educción firme o en una inducción aceptada por los pensadores que desde hace tiempo buscan la verdad”, subrayó Avicena. La obra es una compilación que engloba todos los saberes racionales. Con ella, el autor se adelantó seis  siglos a las primeras enciclopedias modernas.


Aquella etapa creadora se interrumpió bruscamente con la repentina muerte de Shams al-Dawla. Su hijo Sama subió al trono, se negó a reconocer al galeno en sus funciones de gran visir y ordenó que le encarcelaran en la fortalezade Tabarek. La causa del encierro fue una inocente carta que Avicena había enviado a Ala al-Dawla, señor de la poderosa ciudad de Isfahán y enemigo del príncipe de Hamadán. La tensión creció hasta que finalmente ambos ejércitos se enzarzaron en una cruenta batalla, de la que salió victorioso Ala al-Dawla. Avicena abandonó la prisión y se trasladó a Isfahán, donde pasó la última etapa de su agitada vida. Su continuo peregrinar no le impidió seguir escribiendo, y en Isfahán concluyó El libro de la curación, culminación de su enorme legado intelectual. Cuando presintió su muerte, ordenó a su fiel discípulo que cuidara su obra y repartiera sus bienes entre los pobres. 


El príncipe de los médicos falleció el 18 de junio de 1037 cerca de Hamadán, donde fue enterrado. En la década de los 50 del siglo pasado, se construyó un mausoleo en la ciudad para cubrir el antiguo sepulcro que contiene los restos de Al-Shaij al-Rais, ‘el primero de los sabios’.

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